lunes, 26 de septiembre de 2011
Mercado de Santo Domingo
En una sociedad marcada por la atención impersonal y la rapidez, entrar al mercado de Santo Domingo supone poner un pie en un mundo diferente. La gente pasea tranquila por los puestos, se detiene y mira lo que se expone. Todo fresco y natural. Los tenderos saludan a sus clientes. Conocen a la mayoría, saben lo que quieren, cómo y en qué cantidad. Se preguntan por su vida, sus familias y la calidad de lo vendido en el día de ayer. A los demás no les importa esperar a que termine este ritual, dentro de poco será su turno. Nadie parece tener prisa. Para los que tengan urgencia por comprar un par de filetes o un queso, el supermercado Caprabo se encuentra al lado. Este supone, sin duda, entrar de nuevo en el mundo de rapidez, de las personas que apenas se saludan o se miran las unas a las otras, de desconocidos que no desean conocerse. En definitiva, supone volver al mundo real del que nos habíamos evadido por un momento.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Mi día en imágenes
El despertador sonó a las 10:00. La funda nórdica roja y naranja estaba a los pies de su cama. Se levantó muerta de frío. Fue hacia la cocina y se hizo un café bien cargado en su nueva cafetera. Se lo bebió poco a poco en su taza de París, un regalo que le habían hecho sus padres en uno de sus viajes.
Miró el reloj apresurada. Ya eran las 10:30. Había quedado con unos amigos para ir a San Sebastián al Festival Internacional de Cine.
Encendió la radio rosa que había en el pasillo. La música sonaba mientras ella se daba una ducha rápida. Estaba cansada. Se estaba pensando el no ir a San Sebastián, pero ella era la encargada de llevar el coche. No podía dejarles plantados.
Salió de la ducha y fue directa a su enorme habitación. Las paredes blancas estaban llenas de algún que otro poster y de fotos que había ido sacando a lo largo de los cuatro años que llevaba en Pamplona. Sus amigos, sus padres, su hermano y algún desconocido que había salido de improvisto, decoraban el cuarto. Dos escritorios y una estantería rosa hacían el resto. Ese era como su pequeño despacho.
En otra habitación contigua se encontraba la cama todavía sin hacer y un gran armario blanco. Lo abrió y empezó a mirar lo que había dentro con detenimiento, buscando algo qué ponerse. Tras unos minutos de incertidumbre, se decidió por un pantalón negro, una camiseta negra y beige y un abrigo rosa. Por último iba a ponerse unos botines del mismo color que el pantalón.
Después de maquillarse cogió las llaves del coche de la mesa de noche y salió de casa dando un pequeño portazo. El ascensor estaba en el 5º, así que no le hizo falta esperar mucho. Bajó hasta el garaje y se fue hacia su Toyota blanco.
Su blackberry blanca empezó a sonar. Miró la pantalla. Era Alberto. Había quedado en recogerle a él y a otros amigos a las 12:00 y ya iba un poco tarde. Llegó a la calle Iñigo Arista en cinco minutos. Alberto y Joaquín la esperaban en frente del portal 19.
Alberto llevaba un pantalón vaquero y un jersey azul marino. Joaquín vestía unos pantalones beige y una camiseta negra.
María vivía en Pedro I número 13. Condujo hasta la casa de su amiga, pero ella todavía no estaba lista. Después de cinco minutos bajó. Se metió en el coche mientras pedía disculpas por haber tardado.
El viaje a San Sebastián transcurrió sin ninguna complicación. Lo único que a ella no le gustaba era la Autovía de Montaña que llevaba a Guipuzcua. A medio camino empezó a llover. Odiaba conducir mientras llovía, sobre todo por esas carreteras, aunque tenía que reconocer que el paisaje era precioso.
Al llegar a la ciudad vasca, ella y sus amigos tuvieron un pequeño dilema. Su amiga Regina vivía en la calle Bera-Bera y ninguno de los tres sabía como llegar. Tras dar unas cuantas vueltas por fin consiguieron dar con la casa. Regina los esperaba con una pequeña maleta. Después del Festival serían uno más de vuelta a Pamplona.
Ya estaban los cinco, y ya estaban en San Sebastián, ahora sólo quedaba encontrar un sitio para aparcar. Regina la fue guiando hasta un pequeño aparcamiento al otro lado del río. No les costó mucho encontrar un buen sitio.
Era tarde y el hambre empezaba a aflorar. Entre risas y alguna que otra foto de recuerdo llegaron al casco viejo de la ciudad. Decidieron entrar en el restaurante La Cepa a tomar unos pintxos. Se sentaron en una de las mesas del fondo. Poco a poco la mesa se fue llenado de tortilla de bacalao, bocadillo de jamón con tomate, croquetas, ensalada, calamares a la romana y cinco copas de vino. La comida resultó muy agradable para todos. Charlaron y rieron. Aunque el simpático camarero de Vigo también tuvo mucho que ver.
Cuando acabaron el café salieron del restaurante, no sin antes dejar una propina. Se sorprendieron del frío que hacía fuera, en contraste con el ambiente cálido del restaurante. El viento soplaba con fuerza, aunque eso no fue impedimento para que Alberto y Joaquín se fumaran con calma su cigarro.
Todavía eran las 16:00 de la tarde, así que aún tenían dos horas y media para pasear por Donosti antes de que empezara la película. Regina se había encargado de coger las entradas para Martha Marcy May Marlene, un film independiente que al parecer había obtenido buenas críticas.
Caminaron hacia el Palacio Kursaal cerca del río. María volvió a sacar la cámara de su bolso negro y rojo. Fotos al paisaje, a Alberto con su pelo negro aplastado a causa de la lluvia, a Regina y Joaquín delante del río...y por supuesto no podía faltar una foto frente al Kursaal donde rezaba en grande “59 Festival de San Sebastián, Donostia, Zinemaldia”.
El frió era insoportable, así que entraron en la cafetería del Palacio Kursaal a tomar otro café bien caliente. La hora de la película se acercaba. Pagaron en la barra y se dirigieron rumbo al cine Príncipe donde se iba a proyectar el film. Sabían de buena mano que las colas solían ser muy largas y querían coger un buen sitio. Y efectivamente había una gran fila esperando a la entrada del cine.
Tras más de 15 minutos de espera a la intemperie, consiguieron entrar, aunque más de uno se llevó una desilusión al comprobar que no vendían palomitas.
Por suerte la espera tuvo sus frutos y aunque no pudieron sentarse todos juntos, ninguno se quedó solo. Además en sus sitios la película se veía bastante bien.
Tras casi dos horas la gran pantalla se volvió negra y empezaron los créditos finales. Alberto, Regina y Joaquín las esperaban fuera. Mientras caminaban hacia el coche, hablaban de qué les había parecido la película. Opiniones para todos los gustos. A algunos les había encantado a otros les había aborrecido.
La noche les cogió de improvisto mientras andaban por las calles mojadas de la ciudad. San Sebastián empezó a iluminarse. El hotel Maria Cristina, el Palacio Kursaal... Realmente maravilloso.
Caminaban en silencio, pensando en sus cosas, hasta que un pequeño grito de asombro les hizo volverse hacia Regina. Un espectacular coche antiguo apareció ante sus ojos. Se quedaron observándolo unos instantes hasta que Alberto sugirió seguir andando. Todavía tenían que llegar a Pamplona y todos sabían que a la conductora tampoco le hacía gracia conducir de noche, lloviendo y por esa Autovía de Montaña.
El Toyota blanco los esperaba. Montaron uno a uno y se acomodaron mientras la música empezaba a sonar. Elvis Presley cantaba Suspicious Minds. Joaquín hacía los coros, bastante mal por cierto.
El paisaje de montaña resultaba fantasmagórico. La oscuridad era absoluta y las montañas eran sólo meras sombras, además la niebla dejaba muy poca visibilidad. Todos sabían que iban a tardar más de lo previsto en llegar a Pamplona.
Eran las 22:30 cuando divisaron el barrio de San de Jorge. Uno a uno fue bajando en su calle, dando las gracias a la conductora y asegurando que se lo habían pasado fenomenal. Ella sólo quería llegar a casa, tomarse un vaso de leche caliente y meterse en la cama. El día había sido estupendo, pero también muy agotador. Aparcó el coche en el garaje y subió al ascensor, aunque esta vez tuvo que esperar, estaba en el 3º.
Abrió la puerta de madera ,con el número 5º D, con cuidado. Su compañera de piso Cristina estaba sentada en el sofá viendo la televisión. Calentó la leche en el microondas y se sentó a su lado. Hablaron durante un rato de cómo les había ido el fin de semana. Cuando terminó de beber la leche, dejó la taza de París en el fregadero y se despidió de su amiga con un “buenas noches”.
Se dirigió a su habitación y se quitó la cámara de los hombros. Se puso su pijama rosa y negro de lunares y se metió en la cama. Cogió su edredón rojo y naranja y se tapó. Hacía mucho frío y a las 10:00 le volvería a sonar su despertador.
La gracia de tu rama verdecida
La gracia de tu rama verdecida
ANTONIO MACHADO
Árbol, buen árbol, que tras la borrasca
te erguiste en desnudez y desaliento,
sobre una gran alfombra de hojarasca
que removía indiferente el viento...
Hoy he visto en tus ramas la primera
hoja verde, mojada de rocío,
como un regalo de la primavera,
buen árbol del estío.
Y en esa verde punta
que está brotando en ti de no sé dónde,
hay algo que en silencio me pregunta
o silenciosamente me responde.
Sí, buen árbol; ya he visto como truecas
el fango en flor, y sé lo que me dices;
ya sé que con tus propias hojas secas
se han nutrido de nuevo tus raíces.
Y así también un día,
este amor que murió calladamente,
renacerá de mi melancolía
en otro amor, igual y diferente.
No; tu augurio risueño,
tu instinto vegetal no se equivoca:
Soñaré en otra almohada el mismo sueño,
y daré el mismo beso en otra boca.
Y, en cordial semejanza,
buen árbol, quizá pronto te recuerde,
cuando brote en mi vida una esperanza
que se parezca un poco a tu hoja verde...
Árbol, buen árbol, que tras la borrasca
te erguiste en desnudez y desaliento,
sobre una gran alfombra de hojarasca
que removía indiferente el viento...
Hoy he visto en tus ramas la primera
hoja verde, mojada de rocío,
como un regalo de la primavera,
buen árbol del estío.
Y en esa verde punta
que está brotando en ti de no sé dónde,
hay algo que en silencio me pregunta
o silenciosamente me responde.
Sí, buen árbol; ya he visto como truecas
el fango en flor, y sé lo que me dices;
ya sé que con tus propias hojas secas
se han nutrido de nuevo tus raíces.
Y así también un día,
este amor que murió calladamente,
renacerá de mi melancolía
en otro amor, igual y diferente.
No; tu augurio risueño,
tu instinto vegetal no se equivoca:
Soñaré en otra almohada el mismo sueño,
y daré el mismo beso en otra boca.
Y, en cordial semejanza,
buen árbol, quizá pronto te recuerde,
cuando brote en mi vida una esperanza
que se parezca un poco a tu hoja verde...
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